El 20 de diciembre de 2007, Bridgestone firmó un contrato que convirtió a la marca en el proveedor único de neumáticos de la Fórmula 1 para las temporadas 2008–2010.
El acuerdo confirmó la dirección tomada tras la salida de Michelin al final de 2006. Con el estatus exclusivo, Bridgestone pasó a controlar especificaciones y ritmo de desarrollo, poniendo fin a la intensa guerra de neumáticos que había definido años anteriores. Esto permitió a la FIA estabilizar el rendimiento en un momento de presión por reducir costes.
Para los equipos, la gestión de neumáticos pasó a ser un desafío común. Los ingenieros pudieron centrar esfuerzos en el equilibrio del chasis y la aerodinámica, mientras el intercambio de datos de Bridgestone ofreció una lectura más clara del desgaste, relevante antes del regreso de los slicks en 2009.
En lo estratégico, la planificación de carrera se simplificó. La ausencia de saltos imprevisibles entre fabricantes permitió trabajar con modelos más consistentes. Bridgestone aprovechó la etapa para adaptar compuestos a nuevas normas, incluido el KERS y cambios aerodinámicos.
Aunque desapareció parte de la rivalidad, el entorno resultó más controlado y acorde con la dirección regulatoria de finales de los 2000. El acuerdo de 2007 marcó un punto clave en la estandarización de neumáticos en la F1.
